La final de la Champions no fue buena. El árbitro fue peor. El alemán
Daniel Siebert que ya la había liado de mala manera en las semifinal entre
Atlético y
Arsenal fue designado incomprensiblemente para su primera final europea. El partido le vino grande. Eso sí, llegados a la tanda de penaltis, aplicó el protocolo. Doble sorteo ante los capitanes
Declan Rice y
Achraf Hakimi. Primero sorteó la portería. Si salía azul, se chutaría en la portería del
Puskas Arena. Salió rojo, se chutaron en la grada donde había la afición parisina.
Hakimi lo celebró como un triunfo, con el puño arriba, alentando a los suyos. Acto seguido, se sorteaba el orden de los chutadores. De nuevo la moneda cayó del lado del
PSG y
Hakimi, conocedor de la estadística favorable a los que disparan en primer lugar, escogió quedarse con el honor. Es decir, antes de empezar a chutar, el
PSG ya había obtenido una doble victoria y, el
Arsenal, un doble varapalo aunque en penaltis todavía fuesen 0-0. ¿Tiene sentido elegir portería y elegir también quién chuta primero? No estaría mal, en aras a la justicia, que el sorteo fuese único e exactamente igual que al inicio de los encuentros. El árbitro tira una sola moneda al aire y, el capitán afortunado, elige campo o elige tener la primera posesión. Si quieres el balón para el centro inicial, es el rival quien elige campo. O al revés. Esto sí equilibra la balanza de la suerte. Parece un sistema justo y bien ideado para compensar. Sea como sea, con un sorteo o con dos antes de los penaltis, nada garantiza que las cosas irán de otra forma. Para muchos,
Gabriel fue el mejor del partido… hasta que el último chut del encuentro fue directo a las nubes de Budapest.
Leer más
]]>